En las últimas décadas, las redes sociales se han consolidado como espacios donde millones de personas comparten su vida y construyen su imagen pública. Sin embargo, este fenómeno impulsado por la cultura de la selfie también ha dado lugar a una creciente preocupación por los efectos que generan en la percepción de la propia apariencia y en la salud emocional, especialmente entre adolescentes y jóvenes.

¿A qué se debe esto?
Las creencias, actitudes y estereotipos con los que crecemos configuran una mentalidad y estilo de vida que nos lleva a compararnos y pautar nuestra valía de formas poco saludables, especialmente cuando queremos proyectar una imagen en las redes sociales.
La psicóloga especialista en Tanatología, Sonia Martínez Muñoz, señaló en entrevista a JLMNoticias que este fenómeno es especialmente problemático en las nuevas generaciones, quienes enfrentan la presión de alcanzar un estándar de belleza irreal. Esta situación puede afectar negativamente la autoestima, generando sentimientos de insuficiencia que, a su vez, están vinculados a trastornos como la ansiedad y la depresión.
Martínez Muñoz explica que el impacto de las redes sociales depende en gran medida de cada persona y su nivel de autoestima, por lo que no se debe generalizar. Sin embargo, quienes tienen una autoestima baja suelen tener dificultades para mantener una validación personal sólida, lo que puede derivar en sensaciones de vacío y falta de aceptación. Se han detectado casos en los que el uso excesivo de redes sociales agrava problemas de ansiedad y depresión, especialmente en personas que constantemente se comparan con los demás. Esta situación es más frecuente durante la adolescencia, etapa en la que la preocupación por cumplir con estándares sociales impuestos puede desencadenar un impacto significativo en la salud emocional.
Por ejemplo, al ver la imagen de una joven con piel perfecta, sin imperfecciones y con un cuerpo de modelo en nuestras redes sociales, es común cuestionarnos: ¿por qué no soy así? ¿Qué me falta para lucir igual? Lo que olvidamos es que todos tendemos a mostrar versiones idealizadas de nosotros mismos, elevando estándares de belleza que muchas veces son inalcanzables. Esto no es un fenómeno nuevo, ya que la televisión y las novelas siempre promovieron ideales estéticos difíciles de cumplir, pero las redes sociales amplifican esta presión, especialmente con el uso de filtros digitales que modifican la apariencia de forma artificial.
Así comienza un proceso en el que, de manera paulatina, la imagen propia se va distorsionando frente a estándares difíciles de alcanzar.

Salud Mental y comportamiento social
El aumento de esta presión estética ha provocado un incremento en trastornos obsesivo-compulsivos relacionados con la imagen corporal. La demanda por cirugías estéticas crece cada día en un intento por “encajar” en un estándar de belleza poco saludable. Psicólogos de la Universidad Europea de Valencia confirman esta tendencia.
Las redes sociales crean un mundo irrealista, donde cuesta distinguir la realidad de la fantasía.
Diversos estudios respaldan esta realidad. Por ejemplo, Mabe, Forney y Keel (2014) determinaron que Facebook se ha convertido en un espacio propicio para la comparación social. Su investigación mostró que quienes pasan más tiempo en esta plataforma tienden a presentar una mayor preocupación por su apariencia física y buscan validación a través de “me gusta” y comentarios, lo que incrementa la frecuencia de publicación de imágenes.
En cuanto a las diferencias por género, múltiples investigaciones han señalado que las mujeres suelen experimentar niveles más altos de insatisfacción corporal. Un estudio realizado por Valverde y colaboradores (2010) encontró que muchas mujeres sobreestiman su peso y presentan una percepción negativa de su imagen. Sin embargo, estudios más recientes, como el de Campuzano (2016), advierten que esta insatisfacción también está en aumento en hombres, influenciada por ideales relacionados con el “hombre perfecto”. Esta problemática se vincula además con trastornos alimenticios que afectan a ambos sexos.

Por otro lado, existen aspectos positivos derivados del uso de redes sociales. Melissa Twomey O’Reilly, gerente en Northwell Hospice Care Network, apunta que para personas con dificultades sociales o timidez en la interacción cara a cara, las plataformas digitales pueden ofrecer un espacio más cómodo para expresarse y establecer vínculos emocionales significativos. En algunos casos, estas relaciones virtuales incluso pueden ser más profundas que las presenciales.
Filtros digitales y dismorfia de la selfie
Los filtros digitales, inicialmente adoptados por moda o simple entretenimiento, han generado una dependencia creciente en muchos usuarios. Instagram y otras plataformas han implementado medidas para limitar su uso temporalmente con la intención de evitar ese fenómeno.
Uno de los ejemplos más destacados es la llamada “dismorfia de Snapchat”, un fenómeno que describe el deseo de parecerse a la propia imagen filtrada, una versión idealizada y artificial de sí mismos. Este trastorno, también denominado dismorfia de la selfie, se relaciona con los trastornos dimórficos corporales, donde la percepción de la autoimagen y autoestima está severamente distorsionada.
Filtros que agrandan labios, suavizan la piel, alargan pestañas o modifican el tono de piel pueden hacer que quienes los usan busquen alcanzar esa apariencia irreal a través de maquillaje o cirugías estéticas, generando un ciclo constante de insatisfacción corporal.


Impacto en la salud mental y comportamiento social
La presión estética y la búsqueda de la perfección han provocado un incremento en trastornos obsesivo-compulsivos relacionados con la imagen corporal. La demanda de cirugías estéticas ha crecido notablemente, motivada por el deseo de “encajar” en un estándar poco saludable. Esta tendencia ha sido confirmada por psicólogos de la Universidad Europea de Valencia.
Asimismo, las redes sociales crean un entorno hiperrealista donde la línea entre la realidad y la fantasía se vuelve difusa. El contenido publicado contribuye a esta confusión, dificultando que las personas desarrollen una percepción saludable de sí mismas.
Un meta-análisis realizado por Huang (2020) encontró una fuerte correlación entre el uso problemático de las redes sociales y la aparición de problemas mentales como depresión, ansiedad, baja autoestima y estrés. El uso problemático se define por un patrón adictivo que acarrea consecuencias negativas, involucrando síntomas como preocupación constante, necesidad de placer o escape, tolerancia, abstinencia, recaídas y conflictos personales.

Tecnología que embellece… ¿o distorsiona?
Samsung ofrece cámaras frontales con filtros digitales que embellecen la imagen, como suavizar piel o agrandar ojos. Estos efectos, aunque populares, pueden causar dismorfia de la selfie, un trastorno donde las personas desean parecerse a sus fotos filtradas, generando insatisfacción corporal y búsqueda de cirugías estéticas. La creciente demanda por cámaras frontales incluye mejores sensores y autofoco, pero también supone un reto para evitar que el uso excesivo de filtros afecte la autoestima de los usuarios.
El filtro se volvió un hábito, casi parte de nuestra identidad digital, que reemplaza la imagen real con una promesa de confianza que, al final, nos deja vacíos. Nos hace sentir impecables, pero también inseguros. Vivimos atrapados entre la presión de “verse bien” y el miedo de mostrarse como realmente somos. Entonces, ¿de verdad nos estamos viendo… o solo nos estamos perdiendo?




